Congreso, capítulo II

Foto: EFE

Hoy no ha habido bebés. Tampoco txarangas valencianas ni otros tantos espectáculos. Después aquel extraño 13 de enero, sus señorías acudían este 19 de julio a un descafeinado día de la marmota en el Congreso. La constitución de la Cámara baja nos deja dos momentos pintorescos. Por un lado, la bochornosa incapacidad de la izquierda (mayoritaria en el hemiciclo) para consensuar un candidato alternativo a Ana Pastor con el que poder presidir un órgano legislativo, que previsiblemente, atará de pies y manos al nuevo Gobierno.

Por otro, la nueva presidenta, la segunda mujer de la historia en presidir el Congreso de los Diputados. A nadie se le escapa que Ana Pastor posee un perfil poco polémico y no mal visto por una gran parte de las fuerzas políticas. Sin embargo, a pesar de haber formado parte en otra ocasión la Mesa del Congreso, tiene una mentalidad más ejecutiva que legislativa. Bastó escuchar el discurso de este martes tras su elección como tercera autoridad del Estado: un desafortunado speech más propio de una rueda de prensa tras un Consejo de Ministros cualquiera del PP que de una presidenta del Parlamento. Aún así, de Ana Pastor se espera que obre con buen hacer y cordura. O, al menos, que lo haga mejor que el inexperto Patxi López en su breve mandato. Tampoco es tan difícil.

Con las Cortes constituidas, las miradas vuelven a centrarse en el calvario para la formación de un Gobierno. Hoy parece más claro que ayer que Rajoy acabará siendo investido con el beneplácito de Ciudadanos, PNV, CC y, quizás, CDC. No obstante, el mandato de Rajoy va a estar marcado por una inestabilidad clara, y es muy difícil, por no decir imposible, que logre completar una legislatura de cuatro años. Tiempo al tiempo.

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Adiós, señor Mas

Artur Mas solo Foto: El Confidencial (EFE).

Llega otro 9-N histórico en Cataluña. El año pasado, el simulacro de consulta sobre el futuro político de la comunidad. Este 2015, dos inicios: uno, el del procés hacia la República Catalana; otro, el principio del fin de Artur Mas. La cita es en el Parlament en dos tandas. Por la mañana, la cámara autonómica marcará un antes y un después en su relación con el Estado —¿quitarán la bandera de España del hemiciclo?—. Por la tarde, el presidente en funciones defenderá, como candidato, su programa para ser investido. Será una mera declaración de intenciones, porque todo el mundo da prácticamente por finiquitada la vida política de Mas. La negativa de la CUP a apoyar su investidura derivará en la propuesta de otro candidato, algo difícil, o en unas temidas nuevas elecciones en marzo, donde probablemente volverá a evidenciarse la pérdida de poder de CDC.

El desafío soberanista se está llevando por delante a su principal cartel, algo que debería preocupar en Madrid si se tiene en cuenta que los nuevos líderes del procés, la izquierda independentista, ha expresado por activa y por pasiva su intención de desobedecer al Estado. Con un Gobierno más dialogante en la Moncloa, quizás Mas hubiese cedido en sus pretensiones, pero con ERC y la CUP al mando, no habrá Sánchez ni Iglesias que puedan arreglar eso. Y eso, sinceramente, puede hacer templar a España. Mientras tanto, “adiós, señor Mas”.